Érase una vez...

Territorios personales

Cuando una cuarentena cumple 50 días, ya podemos dejar de buscarle el quinto pie al gato. Ayer celebramos un inaudito 1 de mayo sin manifestaciones en la calle y hoy tenemos el derecho de salir a dar un paseo o hacer deporte. Lo haremos en franja matutinas y vespertina, a una distancia de 1km de casa y durante 1 hora, con las personas que vivimos. Si no vivimos con nadie, pues más fácil: no hay que elegir. Después de que el estado de alarma haya puesto a prueba nuestra paciencia y de haber ingeniado todo tipo de métodos para llevar el confinamiento con dignidad, ahora me entran dudas de cómo vamos a darle la vuelta a la tortilla.

Hablo por mí, pero sé que no soy la única que en parte ha perdido el apetito de abrazar. De hecho, tengo la sensación de que voy a necesitar diseñar mi propia desescalada hacia el contacto social. Diría casi que somos una tribu la que ahora se alegra de que el espacio vital vaya a estar garantizado, a prueba de virus. Y estoy convencida de que si nos tomamos el tiempo de prepararnos para la operación salida, evitaremos el fervor del pasado domingo. Sobre todo, porque aún no nos lo podemos permitir. Recuperar los territorios personales en el espacio público puede ser toda una hazaña de esta nueva era. Ahora es clave aprender a gestionar bien las medidas de protección (uso de materiales, distancias, rutinas), y en una de estas puede que las dinámicas sociales ganen unos cuantos puntos en respeto y consideración.

Sería el momento ideal para rescatar el supercalifragilístico Suitaloon. Un prototipo de Michael Webb que funciona como cápsula habitacional y remedio inmediato a la morriña del confinamiento si te da un soponcio fuera de casa. A modo de traje, el Suitaloon cubre todas las necesidades básicas para sobrevivir en un entorno urbano y se puede inflar en cualquier momento para convertirse en una habitación propia. Como si el verdadero espacio de trabajo en una habitación pequeña fuera el círculo iluminado por la lámpara, que decía Gaston Bachelard.

Durante los años 60, el colectivo Archigram supuso una revolución entre las propuestas más utópicas o radicales que empezaban a aparecer tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de seis arquitectos influenciados por el arte pop, el mundo del cómic y las innovaciones tecnológicas que surgían de la Guerra fría propusieron una nueva relación entre el individuo y la ciudad, basada en infraestructuras móviles que se adaptaban a las condiciones del entorno incierto y cambiante. Dos cualidades principales de la famosa «nueva normalidad». Willkommen, bienvenue, welcome!


Laura González Palacios

Laura González Palacios

Periodista de formación, editora por vocación y chamana en ciernes. Vivo en Chiquita Room, publico libros de artista y leo el tarot.

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